De influencers y gilipollas.

Recuerdo cuando ser ‘influencer’ (tuitstar, lo llamábamos en aquella época) consistía en haberse ganado un considerable número de seguidores creando contenido original. Se premiaba a quien tenía ideas creativas, opiniones propias, capacidad de defenderlas y un toque de ingenio o humor.

Hoy en día, en la «era Instagram», para ser un influencer te hace falta poco más que una aplicación de memes, un par de sorteos, algún plagio, el famoso «nombra a tu amigo el que…» y hacer un refrito de otras cuentas. O pactar directamente un intercambio de seguidores como quien cambia cromos.

Por eso el término ‘influencer’ ya suena hasta peyorativo. Por eso tenemos a ineptos opinando de cualquier tema, incluso sanitario: porque hemos perdido la calidad de contenido en favor del postureo, de la prostitución de la vida privada y del me gusta fácil.

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