Farmacia, año 2025

Farmacia, AÑO 2025.

Situémonos en el 2025. Tres años después de que Carrefour adquiriese la mitad de las farmacias españolas y tres años antes de la “Revolución de las máquinas”, en la que los farmacéuticos fueron sustituidos por cajeros automáticos (que también sabían memorizar y tampoco tenían ni idea de atender a un paciente, pero salían más baratos)

Las facultades de Farmacia ahora incluyen pensión completa y alojamiento 24 horas al día y hay un aula dentro de la propia facultad destinada a impartir clases particulares (así los alumnos no pierden el tiempo desplazándose), que ya se incluyen en el precio de las matrículas.

En cada asiento de la biblioteca hay una bolsa de suero fisiológico llena de café que se administra vía parenteral a los alumnos (aunque ellos no saben lo que significa “parenteral”) mientras están estudiando. Las ventanas han sido tapadas con el fin de que los estudiantes no se enteren de que hay vida fuera de la facultad. Seguimos sin techo porque el Decanato se gastó el poco dinero que nos daban en inhibidores de frecuencia para evitar que los alumnos copien y en más mandos de turning-point que a día de hoy seguimos sin saber usar.

Los alumnos pueden reproducir con los ojos cerrados (han desarrollado fotofobia) las estructuras de todas las moléculas del organismo, también pueden hibridar cualquier tipo de orbital y conocen la tasa de mortalidad por accidentes de tráfico en Andorra en 2013. Pueden plasmar de memoria todas las estructuras de los pasos de síntesis de colesterol pero ninguno sabe lo que es la simvastatina. Conocen medicamentos que han sido retirados hace 50 años pero no si un jarabe para la tos se toma antes o después de las comidas.

Además hay clases los siete días de la semana y, a demanda de algunos estudiantes -que, por cierto, murieron vírgenes-, se ha duplicado el número de exámenes (ahora hay cuatro cada semana) y el número de trabajos (ahora hay doce cada día). El alumnado está tan confuso que se hiere a sí mismo.

Los profesores, tras la famosa Guerra de Egos del 2018, confunden enseñar con suspender y compiten entre ellos para ver quién tiene más alumnos por convocatoria. Además, os adelanto, siguen creyendo que ser buenos científicos (si es que lo son) es sinónimo de saber transmitir conocimientos e interés por las asignaturas a sus alumnos.

También los departamentos han seguido con su previsible y decadente trayectoria: el departamento de Inorgánica, tras un golpe de estado, invadió al de Farmacología (que ahora tiene 2 créditos y te la convalidan si te bajas la aplicación del Vademecum) .
Por otro lado, sus excelencias del departamento de Fisicoquímica conquistaron -con un estilo propio de Juego de Tronos- al departamento de Tecnología Farmacéutica (que ahora es una optativa).
Botánica, alegando su importancia histórica como asignatura (tenían una carta de Felipe II que lo corroboraba) ahora ocupa todo tercero de carrera y la Determinación se ha implantado –nótese el juego de palabras- como una asignatura aparte.

Las prácticas tuteladas han sido sustituidas por un copia-pega de memorias de otros años. El Trabajo de Fin de Grado ha adquirido la categoría de doctorado y la comisión de evaluación del mismo ha pasado a llamarse ‘Tribunal de Sangre’ y su calificación depende más del tribunal que te toque que de la calidad de la investigación.

Desde la Comisión de docencia (ahora sin alumnos y compuesta únicamente por profesores no-farmacéuticos ) se decidió imponer una censura mediática en toda la facultad prohibiéndose el uso de redes sociales y [Publicidad] castigando con penas de hasta cuatro powerpoints por opinar en redes sociales.
También se creó una nueva lengua:

La palabra “paciente” fue sustituida por “sujeto de experimentación”.
“Suspenso masivo” por “alegre reajuste de aprobados”.
“Atención farmacéutica” por “El eje del mal”.
“Clases particulares” por “El lado oscuro”
“Guía académica” por “Sagrada Biblia”.

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